"Van ustedes a leer el relato de la vida de un hombre que el éxito lo ha conocido con creces", así empieza el prólogo del libro "Lee Iacocca: Autobiografía de un triunfador" y así empiezo yo a escribir sobre el hombre que me prestó ese libro, un hombre al que quise y admiré profundamente durante su paso por esta vida, en la que tuvimos la suerte de coincidir y del que tuve que despedirme este semana.
Recuerdo un hombre alto, delgado, con un cigarro en la mano, siempre de traje y con alguna historia interesante por contar, coleccionaba datos interesantes en su memoria, le gustaba mucho viajar y cada que llegaba a algún sitio se encargaba de conocer los detalles históricos y hasta los datos curiosos del lugar. Un hombre sumamente inteligente y culto que cautivó a la familia entera con su llegada, con su carisma, su sentido del humor y su devoción hacia la estructura y valores familiares, sus ocurrencias y sus consejos siempre acertados.
Teníamos un vicio compartido, la lectura, con él podía hablar por horas y horas sobre nuestros gustos literarios, las más recientes adquisiciones y los clásicos que él había obtenido en primeras ediciones, verdaderas joyas literarias, algunas de ellas pasaron a mis manos en préstamos y otros como un regalo, fue de él de quien aprendí que el mejor regalo es un libro y como todos mis amigos saben, sólo cuando alguien me resulta especial y muy querido, entonces puede esperar recibir un libro de mi parte como muestra de mi mayor afecto.
El miércoles, cuando terminó mi clase de Finanzas recibí una llamada que me anunció su partida, la verdad es que no lo había contemplado, pero hoy que se ha ido ya lo he sentido, aquí se quedaron mil palabras por decir, los últimos libros por comentar, las experiencias y las opiniones, se quedaron conmigo pues no hay un minuto más.
He vuelto a su casa y por primera vez no estuvo en la puerta, nadie salió a abrazarme y decirme "¡hola preciosa!, cada día más inteligente y más linda mi princesa"; fue ahí, mientras atravesaba ese jardín que él tanto cuidaba, cuando me dí cuenta que se había ido, se me llenó el alma de tristeza tan solo de pensar que no dije cuánto le quería, que tal vez no supe cómo demostrarlo, quizás nunca mencioné lo que me hacía feliz, pero ya no hay forma de recuperarlo.
No sé si realmente esté en un "lugar mejor", o si es verdad que "nos está viendo" como insisten muchos en decirme, puede que sea verdad, también puede ser que no haya más allá y que no le vuelva a ver, sólo sé que no puedo detenerlo más y que llegó la hora de dejarlo ir, así que sólo pude detenerme frente al librero y dejar el último libro que había tomado en aquél lugar vacío que le correspondía, sin comentarios, sin intercambio de opiniones, sin decir una palabra, sólo me despedí de aquéllos libros y miré su fotografía en la pared, mientras recordaba mi infancia, las vacaciones familiares, las veces que escuchábamos a Mozart, cuánto le gustaba el concierto de fin de año en Viena, la mermelada de jitomate que preparaba y el pato a la naranja que disfrutaba tanto, entre otros tantos recuerdos, seguí mirando la fotografía como si estuviéramos acordando la despedida, dí la vuelta y cerré la puerta ... a pesar de lo que digan los demás, yo sé que en esos libreros es donde está mi tío, así que mientras los demás miran hacia la urna, donde no hay más que cenizas, yo sé que su alma se quedó en aquéllos libreros, en cada libro, entre cada página que pasaba, repasaba y recordaba cada detalle, cada autor, cada frase con esa magnífica memoria y su extraordinaria capacidad para distinguir lo bonito de lo bello. No podría estar en otro lugar.
3 comentarios:
No se si exista un mas allá, pero definitivamente lo que si sé (y me queda claro desde hace ya casi 3 años a la fecha) que si la intención es trascender es dejando una buena huella aunque sea en una sola persona. De esa manera tal vez no gane el cielo (cada día que pasa para tranquilizar un poco mi necesidad de respuesta quiero pensar que si existe) pero si gano tal vez el no haber pasado desapercibido, y dejar una herencia o al menos esa foto en la pared de la que tanto hablas.
No estoy aquí para decirte que "ya está en un mejor lugar" ni tampoco para decirte que "seguramente está con nuestro señor" porque definitivamente no tengo la certeza, pero si puedo decirte que si esa persona merece al menos unas cuantas líneas de tu pluma ("de tu teclado" tendría que haber escrito) e incluso merece el recordarlo cada vez que miras hacia tu librero, entonces es un hecho que tu tío habrá estado enormemente orgulloso que al menos en ti ha dejado e impreso su huella (y podría incluso atreverme a asegurar sin conocerlo que en varias personas mas).
Ya solo queda pasar a la siguiente fase: Recordarlo no con una lágrima en los ojos, sino con una sonrisa en los labios, reconfortarse en su recuerdo y seguir su ejemplo y su herencia: el que alguien mas nos recuerde de la forma en que lo haces para con él.
No es necesario morir para volver a encontrarlo. El simple hecho de recordarlo es gesto suficiente para hacerlo sentir que está aún entre nosotros, en tu caso en varios libros que seguramente guardas celosamente en tu librero o en esa fotografía en la pared... Le toco partir y tu misión ahora es hacer saber que un buen hombre a tomado otra ruta, pero que mientras estuvo en nuestro camino lo hizo como digno compañero.
Un abrazo Miri... Mucha fortaleza para el momento tan sensible que seguramente embarga a tu familia.
Que hermosa reflexión. Me alegra mucho sentir la huella que ese hombre dejó en ti. Al final, será la mejor manera de recordarlo, a través de sus enseñanzas, y de aquello que perdura en el tiempo: la palabra expresada en los libros.
Todos somos una pieza de la gente que nos ha marcado en la vida.
Mucha fuerza!
Amiga, perdóname por ausentarme tanto tiempo. Te mando un fuerte abrazo. Tqm.
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